sábado, 23 de noviembre de 2013

ALCOHOL, IGLESIA Y CINE



























Autor invitado: 
León Trotski 

"(...)
Por el solo hecho de ser atractivo y entretenido, el cine le hace la competencia a la taberna. No sé si actualmente hay en París o en Nueva York más bares que cines; ni qué categoría de esas empresas reporta más. Es evidente que el aspecto en el cual el cine compite particularmente con la taberna es en el de saber cómo y con qué ocupar las ocho horas de tiempo libre. ¿Es posible apoderarse de este incomparable instrumento? ¿Por qué no? El régimen de los zares creó en algunos años una inmensa red de tiendas de venta de alcohol que dependían del Estado. Grosso modo, éstas le reportaron un ingreso anual de mil millones de rublos de oro. ¿Por qué el Estado obrero no puede crear una red de cines estatales capaz de introducir cada vez más profundamente la distracción y la educación en la vida popular? Sería no solamente un buen negocio, sino un excelente contrapeso al atractivo del alcohol. ¿Es esto factible? ¿Por qué no? Evidentemente no es nada fácil. En todo caso, sería normal y correspondería mejor a la naturaleza, a las fuerzas de organización y a las capacidades del Estado obrero que, digamos, el restablecimiento... del circuito del alcohol (1). [(1) Estas líneas estaban escritas cuando encontré en el último número de Pravda, que tengo en mis manos (de fecha 30 de junio), el siguiente extracto de un artículo enviado a la redacción por el camarada I. Gordeiev: "La industria del cine es un negocio comercial extraordinariamente ventajoso, que reporta grandes beneficios. Utilizándolo de forma hábil, racional y adecuada, el monopolio del cine podría jugar un papel en el saneamiento de nuestras finanzas, comparable al que desempeñaba el monopolio del alcohol en las finanzas del Estado zarista." El camarada Gordeiev da a continuación indicaciones prácticas sobre la manera de "cinematizar" la vida soviética. Se trata efectivamente de una cuestión que hay que estudiar a fondo y seriamente. L.T.]
El cine le hace la competencia no sólo a la taberna, sino también a la Iglesia. Y esta competencia puede serle fatal a ésta, si hacemos culminar la separación entre la Iglesia y el Estado mediante la unión del Estado socialista con el cine.
La piedad no existe casi en los obreros rusos. De hecho, nunca existió. La Iglesia ortodoxa era un conjunto de ritos y una organización oficial. No consiguió penetrar profundamente en la conciencia de las masas populares, ni introducir sus dogmas y cánones en su vida íntima, siempre por la misma razón: la ausencia de cultura en el seno de la vieja Rusia, especialmente en la Iglesia. Por esto el obrero ruso, al acceder a la cultura, rompe tan fácilmente sus amarras puramente externas con la Iglesia. Es verdad que para los campesinos la ruptura es más difícil, no porque las enseñanzas de la religión tengan mayor influencia sobre él - no se trata de eso - sino porque su vida indolente y monótona está estrechamente ligada al ritual indolente y monótono de la Iglesia.
En el obrero - hablamos del obrero sin partido, en bloque - la influencia de la Iglesia responde, la mayor parte de las veces, a la costumbre, sobre todo en la mujer. Las santas imágenes penden de la pared y allí quedan porque allí están. Adornan la pared; sin ellas el cuarto estaría vacío y frío. El obrero no compra nuevas imágenes, pero no desea deshacerse de las antiguas. ¿Cómo reconocer la fiesta de la Pascua sin el kulich y el pas´cha? Pero kulich y pas´cha deben ser bendecidos según la costumbre, de otro modo les faltaría algo. No es en absoluto por piedad por lo que va a la Iglesia; pero la Iglesia es luminosa y bella; hay mucha gente y se escuchan cantos: he ahí bastantes cosas agradables que no se encuentran en la fábrica, ni en la familia, ni en el vaivén cotidiano de la calle. La fe es casi inexistente. En todo caso, no hay respeto alguno para la jerarquía eclesiástica, ninguna creencia en el poder mágico de las ceremonias. Pero falta igualmente la voluntad activa de romper con todo eso. El elemento de distracción, de entretenimiento, de pasatiempo, desempeña un papel enorme en la ceremonia religiosa. A través de la escenificación, la Iglesia actúa sobre los sentidos: la vista, el oído, el olfato (el incienso), sobre la imaginación. La afición de los hombres al teatro - ver y oír algo nuevo, brillante, que los saque de lo ordinario - es muy fuerte, indestructible e insaciable desde la infancia hasta una edad avanzada. Para que las amplias masas renuncien al formalismo, al ritual de la vida diaria, no basta la propaganda antirreligiosa. Esta, evidentemente, es indispensable. Su resultado práctico inmediato se aplica a una minoría intelectualmente valiente.
Si la multitud permanece inaccesible a la propaganda antirreligiosa, no es porque la religión conserve su dominio sobre ella, es porque no existe un nexo moral, sino sólo una relación informe, persistente, maquinal, sin vínculos con la conciencia: el del curioso que no se niega a participar ocasionalmente en una procesión o en un servicio solemne, a escuchar los cantos religiosos y a hacer apresuradamente la señal de la cruz. Esta ceremonia maquinal, que pesa sobre la conciencia, no se la puede superar por la sola crítica, hay que reemplazarla por nuevas formas de vida, nuevas distracciones, nuevos espectáculos que eleven el nivel de cultura. Al llegar aquí, nuestro pensamiento se detiene naturalmente en ese instrumento teatral por excelencia - por ser el más democrático -, el cine. El cine, que prescinde de jerarquía con vastas ramificaciones, de sedas recamadas. etc., desplegando en la pantalla medios escénicos mucho más cautivantes que los de la Iglesia, mezquitas o sinagogas, cuya experiencia en materia teatral es sin embargo milenaria. En la Iglesia, se asiste siempre a una sola "acción", la misma cada año, mientras que en el cine, que se encuentra justo al lado o enfrente, se pueden ver, en los mismos días y a las mismas horas, tanto fiestas paganas como pascuas judías o cristianas, en sus relaciones históricas, imitando sus ceremonias. El cine divierte, instruye, sorprende la imaginación con imágenes, y quita las ganas de ir a la Iglesia. El cine es un gran competidor no sólo de la taberna sino también de la Iglesia. Es el instrumento del que tenemos que apoderarnos a toda costa".

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